Redactor Prensa | El Ibaguereño
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| 2019/05/13

Todos los días desde que nos graduamos o aún mucho antes decimos a nuestros pacientes que “está en total uso de su autonomía y que su decisión siempre será respetada”, amparados en lo que alguna vez en una clase muy temprano en la universidad pretendieron enseñarnos. Pero aún en el presente nos preguntamos si hemos dejado que nuestros pacientes sean autónomos, que tomen sus decisiones sin que los llevemos a ellas, que tan siquiera tengamos en cuenta que no son seres inferiores a nosotros y si les hemos dado la información suficiente sin adjetivos que los sorprendan o con los que estemos manipulando sus frágiles mentes, o tal vez tan siquiera nosotros como profesionales de la salud tenemos claro qué es eso de la autonomía. Para ello es necesario empezar con el diccionario digital Wikipedia (2013) que la define así:

“Autonomía (del griego auto, “uno mismo”, y nomos, “norma”)  es un concepto moderno, procedente de la filosofía y, más recientemente, de la psicología, que, en términos generales, expresa la capacidad para darse reglas a uno mismo o tomar decisiones sin intervención ni influencia externa”.

Desde un punto de vista religioso Dante Alighieri dijo alguna vez “el mejor regalo que Dios ha dado en su abundancia fue la autonomía de la voluntad”, dando a entender que el principio de la autonomía es un regalo divino que ningún hombre debiese de ceder o irrespetar, y que cada uno de nosotros como hijo de Dios puede escoger lo que su naturaleza humana le permita.

Un individuo requiere de la sociedad para poder formarse  y proyectarse como ser humano conservando una autonomía con limitaciones de orden social, con normas o reglas que permiten en gran medida la convivencia, regulan la conducta y la forma de relacionarnos con los demás. La tolerancia, la justicia y la solidaridad, entre otros valores, se hacen patentes en una comunidad integrada por seres humanos que ordenan sus vidas ya en lo individual o en lo social, de acuerdo a formas de vida, principios, valores, normas y leyes establecidas justamente para garantizar el bien común.

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Todos estos postulados coinciden de alguna manera en que cada ser humano tiene poder de tomar decisiones sobre los aspectos de su vida y de cómo emprender el día a día, rechazando lo que considere no es conveniente para él y apropiándose de la responsabilidad ética de cada uno de sus actos sabiendo que su autonomía va hasta donde empieza la del otro manifiesta como un principio universal.

Autonomía desde lo clínico

Antes de adentraros en el tema, recordemos las líneas escritas en 1950 en uno de los libros clásicos de la medicina mundial que recita lo siguiente:

“No hay mayor oportunidad, responsabilidad u obligación que pueda tocarle a un ser humano que convertirse en médico. En la atención del sufrimiento, el médico necesita habilidades técnicas, conocimientos científicos y comprensión de los aspectos humanos… Del médico se espera tacto, empatía y comprensión, ya que el paciente es algo más que un cúmulo de síntomas, signos, trastornos funcionales, daño de órganos y perturbación de emociones. El enfermo es un ser humano que tiene temores, alberga esperanzas y por ello busca alivio, ayuda y consuelo” (Longo et al., 2013).

Sería más ambicioso extraer que estas líneas no solo aplican al ejercicio médico, aplican a todos aquellos que intervienen en la atención de pacientes llámese enfermero, terapeuta, psicólogo, trabajador social o cualquiera que sea considerado clínico; la práctica clínica en cualquier lugar del mundo está representada en cada una de las personas que dentro de su ejercicio profesional lo dan todo para servir al otro, encontrando regocijo en demostrar que si se puede ser mejor, en que no se obtuvo un título solo para tener reconocimiento económico y profesional, presumir de nuestros conocimientos o divorciarnos de la sensibilidad humana que es nuestra mayor virtud.

Concebir que por debajo de nuestras vestimentas clínicas existe un ser humano igual que nuestros semejantes y que debemos ser fieles a nuestros juramentos como profesionales de la salud, donde rezamos de manera sincera defender en nuestros pacientes principios universales como el de la autonomía entendiendo que al suprimir el pode de decisión a nuestros pacientes le lesionamos en su ser, reduciéndolo a la condición de objeto.

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Desde Florence Nightingale quien se considera como la precursora de la profesión de enfermería se contempla que el arte de cuidar es el fin primordial de la misma basado en el principio de beneficencia no maleficencia, cuidar a toda costa.  Algunos dirán pero ¿hasta dónde el acto de cuidar implica violar la voluntad y la autonomía del paciente?, ¿hasta dónde nuestros ideales altruistas pueden ser nocivos y pasar al extremo de creernos omnipotentes sobre el paciente a tal punto de sobreprotegerlo e impedirle avanzar y ser gestor de su cuidado?

Dorothea Orem expresaba que cada ser humano debe estar en posición de generar conductas de autocuidado y que el rol de la enfermería estaba en enseñar a cuidar y favorecer la autonomía e independencia del cuidado, asumiendo que de esta manera no se dañaba al paciente, sin embargo en nuestra formación se nos incita en el deber de dar cuidados aún en contra de las creencias o deseos del paciente.

Constantemente nos vemos envueltos en dilemas éticos y en contradicciones a nuestro código moral, reaccionamos directivamente sobre el paciente coartando y  hasta suprimiendo su opiniones, porque desde un enfoque biologicista están en contra de la conservación de la vida, aún se teme actuar con indolencia y se generan sentimientos de culpa al respetar decisiones de los pacientes como no reanimar frente a un paro o rehusarse a un procedimiento que podría cambiar el rumbo de su tratamiento.

El actuar de enfermería y de muchos profesionales de la salud ha seguido la idea de que si el paciente está de acuerdo con nosotros acerca de su tratamiento, su decisión es racional y por lo tanto es autónoma; si está en desacuerdo, la decisión es irracional y no es autónoma explicando que el paciente, al  no tener  conocimiento necesario , no tendría potestad sobre su tratamiento y asumimos que la ignorancia por parte del paciente nos califica para tomar las decisiones pertinentes defendiéndonos con el principio de la beneficencia.

La tarea del cuidador está en informar de la manera mas verídica sin aconsejar, persuadir o manipular las decisiones, haciendo saber que existe siempre la probabilidad de rehusarse o arrepentirse en cualquier momento, tenemos un bien como es la vida en nuestras manos, pero antes de pensar en ello debemos reflexionar a quien pertenece esa vida y por tanto a quien pertenece la decisión de qué hacer con ella.

William David Montero 
Enfermero Especialista

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