Redactor Prensa | El Ibaguereño
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| 2019/05/27

En un momento de la vida pueden ocurrir situaciones que nos hacen pare en nuestro camino, generando un duelo,  el cual puede ser personificado según nuestras habilidades, autoestima o círculo social y familiar,  creando un sentimiento devastador, asemejando que hemos tenido una pérdida,  afectando todas nuestras dimensiones físicas, emocionales, cognitivas, conductuales, sociales y espirituales, esto no solo puede ser producido por el fallecimiento de un ser querido, envuelve muchas situaciones que se pueden convertir en un duelo, una decepción amorosa, la perdida de estabilidad laboral, la separación de seres queridos, una desilusión familiar, una enfermedad, que causan en nosotros un acontecimiento nuevo, generando diferentes sentimientos, pensamientos, para algunas personas solo bastará el paso  del tiempo para que todo se neutralice nuevamente, para otras, afrontar esta nueva realidad es un poco más complicado.

El duelo del latín dolus: dolor, puede ser definido como: el proceso por el que atraviesa una persona ante la muerte de una ser querido. (Freud,1917;bowlby,1980,carpenito,1987;Calvet, 1996). El duelo es un proceso y no un estado natural en el que el doliente atraviesa una serie de fases o tareas que conducen a la superación de dicho proceso. Como señalan Pérez et. Al (2000) gráficamente se podría representar por el paso de un huracán o las olas de una gran marea que alternan embates violentos, con periodos de descanso aparente y nuevas embestidas, cada vez, generalmente, de menos intensidad.

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Cada persona asume estos procesos universales, algunas veces necesarios y obligatorios, de una manera diferente, ocasionando una desestabilización que se puede exteriorizar tanto en sentimientos, pensamientos o con manifestaciones físicas, donde podemos llegar a pensar que somos incapaces de superarlo. Ahora bien, la naturalidad del ser humano es crear vínculos con nuestro entorno obteniendo seguridad y satisfacción, y cuando ese entorno tiene cambios reaccionamos de diferentes maneras, buscando un por qué que nos tranquilice,  intentando llenar ese vacío que sentimos.

Para encontrar nuestro bienestar debemos aceptar nuestra pérdida, asimilar aquello que  está ocurriendo sin necesidad de hallar un por qué, poder liberarnos expresando nuestros sentimientos, simplemente si tiene ganas de llorar, llore; sin temor a nada, si quiere gritar, grite sin vergüenza, aligere  esa carga que lleva,  busque ayuda en aquellas personas que lo aman, sin miedo al señalamiento, a sentir temor, concientizándonos que en cualquier momento de nuestra vida podemos pasar por una situación que nos desequilibra.

La duración del duelo es variable, depende de distintos factores, pero en general los sentimientos más intensos y agudos (casa nueva y ralla 1985) empiezan a remitir entre los seis meses a dos años. Después de la pérdida algunas personas continúan experimentando sentimientos de duelo durante un periodo más largo, este proceso no se considera especial a no ser que sea de tal intensidad que le impida a la persona adaptarse, reorganizar su vida y reintegrarse al mundo real.

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Según Elisabeth Kübler-Ross, existen cinco etapas del duelo, donde no necesariamente las personas deben vivirlas, donde el desorden es posible:

  • La negación. el primer mecanismo de defensa que colocamos para amortiguar la situación que está sucediendo sin aceptarla, ya que consciente o inconsciente colocamos una barrera protegiéndonos del daño que esto puede generar en nosotros, buscando continuar en nuestra zona de confort.
  • La ira. Aquí los sentimientos negativos de ira, frustración y resentimiento, se producen y pueden estar dirigidos a los seres más cercanos o hacia la persona en sí, buscando culpables de lo sucedido, nada de lo que acontece les parece que es correcto, encuentran problemas en las acciones que realizan los que están en su entorno, a partir de esto los seres más cercanos deben mostrar su apoyo comprender que es un momento difícil.
  • La negociación. Ocurre durante todo el proceso, donde nos preguntamos si podíamos haber hecho las cosas de otra manera, si no hubiéramos dejado de hacerlo, o nos preguntamos si aún tenemos tiempo de cambiar esta realidad, el peor enemigo en esta fase es posponer el cambio a la espera que la situación mejore.
  • La depresión. Afloran todos los sentimientos reprimidos durante las anteriores etapas, con llanto, tristeza, ideas de suicidio y muerte y sensación de vacío.
  • Aceptación o rechazo. Es el período de solución donde aceptamos que existe una nueva realidad, que debemos aprender a vivir con lo sucedido, o por el contrario donde rechazamos lo existente, continuamos sin aceptar lo acaecido, nos quedamos en nuestra zona de confort. En este caso es mejor buscar un profesional de la salud en el área de psicología y psiquiatría que nos brinde herramientas para poder comprender lo que está sucediendo en nuestro alrededor.

Como dice Jorge Bucay, la realidad “no es como a mí me convendría que fuera. No es como debería ser. No es como me dijeron que iba a ser. No es como fue. No es como será mañana. La realidad de mi afuera es como es.”.  Por esto debemos intentar aceptar la situación como se nos presenta, aunque tengamos una pérdida, siempre tenemos a nuestro alrededor personas que nos aman y nos necesitan,  porque de  esto se trata la vida, de sortear todo aquello que nos brinda y aprender de cada situación.

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