Yovanny Prieto, abogado columnista de EL IBAGUEREÑO.
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| 2018/02/03

En varias oportunidades coincido con un joven habitante de calle de unos 20 años quien siempre me pide algo y por costumbre le regalo un chocoramo acompañado de una malta, ha sido recurrente en decirme que prefiere el dinero que todas las veces le he negado.

El martes pasado ocurrió la misma escena y Doña Marina la dueña del negocio me dijo, “No haga eso, cinco calles más arriba con lo que Usted le da más otras que recoge paga el vicio del día”, incluso me comentó de un Señor que llega en buseta y a veces en taxi, su vestimenta la cambia por harapos y comienza a pedir limosna manifestando tener el hijo enfermo o no tener para mercar, desconoce cuánto gana pero asegura superar el salario mínimo, que incluso lo ha visto de rumba y comprando regalos navideños, finalizó la conversación diciéndome esta frase “cada quien se acostumbra a vivir como quiere, de no gustarle ese estilo de vida, ya hubiese hecho algo para cambiar”, esta conversación me dejó pensando sobre el tema y el motivo por el cual siempre le daba algo de comer al muchacho.

También recordé otro joven que en una oportunidad llegó al restaurante donde me encontraba, acompañado de su esposa e hija de unos dos años, manifestando no tener trabajo y que en lugar de arrimarse donde la familia prefería pedir dinero, momento en el cual un Señor dijo ser ingeniero y que en la obra donde trabajaba necesitaban obreros, que esperara terminar el almuerzo y lo llevaba con la encargada de contratar el personal. A los cinco minutos la joven familia abandonó el lugar sin esperar la oferta de trabajo.

Los que pertenecemos a la especie humana somos sociales, es decir, necesitamos vivir en comunidad con división del trabajo para atender nuestras necesidades y con esto garantizar la subsistencia, sin esto nos hubiésemos extinguido. Sea por mandato divino, nos salga de las entrañas o porque la Constitución Política al hablar de solidaridad así nos lo impone, si algo ha caracterizado a sociedades como la colombiana, consiste en ayudar al prójimo, en especial a los más necesitados y cuando nos tocan el corazón ofrecemos limosna, especialmente a los habitantes de calle a quienes consideramos carentes de recursos para procurarse cama, techo, ropa y alimentos.

El diccionario de la Real Academia Española define limosna como la “Cosa, especialmente dinero, que se da a otro por caridad” y la caridad como “Sentimiento o actitud que impulsa a interesarse por las demás personas y a querer ayudarlas, especialmente a las más necesitadas”, conceptos que a pesar de las buenas voluntades no siempre se cumplen, porque no necesariamente ayudamos a quienes lo requieren, contrario a ello, patrocinamos una serie de vicios y estructuras clandestinas que utilizan a las personas para enriquecerse a cambio de hacerle un daño terrible a la sociedad, entre ellos, hurtos, homicidios, consumo de estupefacientes y lágrimas de madres que ven perder a sus hijos en desgracias que jamás quisiéramos para un ser querido.

A pesar que no todo habitante de calle es indigente y menos limosnero, y de existir en todo el planeta, tenemos un gran problema, confundimos al adicto a las drogas en condición de calle y al oportunista camuflado, con los reales necesitados de ayuda, destinando nuestro dinero para un problema que corresponde en principio a la familia del enfermo (Enfermedad del cerebro) como también a sostener la pereza de quien no quiere trabajar con empeño y esfuerzo, tal como como lo hacemos los ciudadanos de a pie, pagadores de impuestos y cumplidores de la Ley.

Respecto a los drogadictos en condición de calle, pueden vivir sin comer dos días, pero no pasan más de cuatro horas sin estar bajos efectos de sustancias psicoactivas, que en ciudades como Bogotá mueven entre 300 y 400 millones de pesos al día, incluidas las monedas que sacamos de nuestro bolsillo. Por ello, cada vez que levantan la mano y les regalamos dinero, nada aportamos para ayudarles a superar su situación, contrario a ello, los terminamos de hundir en esa maldición, afianzándolos como el eje más lucrativo del negocio minoritario de estupefacientes.

Respecto a los oportunistas que se ven como habitantes de calle, nada más ver el programa Séptimo día del 23 de julio de 2017 llamado No trabajar y vivir de los demás, la mentalidad de algunos colombianos conchudos, en el que se presenta a un señor con un cartón en la espalda simulando una joroba y caminar con muletas, mientras afuera de una iglesia le dan de limosna 25.000 pesos en menos de una hora y negarse a trabajar formalmente porque a todas luces le iba mejor con su engaño. Ver vídeo.

Se cree que en Colombia un mendigo a pesar de tener capacidad para laborar y aportar al sistema de seguridad social, obtiene entre 75.000 a 100.000 pesos diarios a punta de limosna.

En relación a las estadísticas, no existe en Colombia una cifra exacta de habitantes de calle y de cuántos dedican a la mendicidad, se habla más bien de una cifra superior a las 40.000 personas, en Barranquilla más de 2.000, Bucaramanga 3.212, Ibagué entre 500 y 1.000, Medellín 4.379, Cali 3.770, Bogotá que si ha realizado un trabajo más profundo, según cifras de la Secretaría Distrital de Integración Social, hay una población de 9.000, de estas el 47% se dedican al reciclaje, 18% a la mendicidad y el 5% a delinquir.

El Estado no ha sido ajeno a esta situación, para ello existe la Ley 1641 de 2013, que corresponde a una política pública con la finalidad de garantizar, promocionar, proteger y restablecer los derechos de estas personas, con el propósito de lograr su atención integral, rehabilitación e inclusión social. El problema reside en que legalmente en Colombia no existe una manera de obligar a las personas que se encuentran en esta condición, en especial los adictos a las drogas, de involucrarse y alcanzar su total rehabilitación, por ello, los programas que destinan las autoridades locales se limitan a ofrecer un lugar donde bañarse, hacer necesidades fisiológicas y comida que deben ingerir en el mismo sitio porque de lo contrario la venden, y ni qué decir de los oportunistas, quienes ni de espanto acuden a estos sitios, porque viven en casa propia.

Estas y otras experiencias que he encontrado, en especial las palabras de Doña Marina, me han llevado a la decisión de no dar limosna, y si en verdad deseo que mi ayuda llegue a quienes de verdad lo necesitan, mejor apoyo iniciativas como las de Aguapanelos, Evangelistas de calle y la Red cambalache, entre otras, en las cuales la propia ciudadanía comparte y ayuda a quienes no cuentan con una cama para dormir.

También existe la Fundación Invisibles, quienes reciben aportes para destinar a la causa, lugar donde prefiero destinar los 3.400 pesos (valor del chocoramo y la malta) que semanalmente les daba a las plazas de vicio a través de la víctima, es decir, mi amigo indigente. Salud.

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