Cecilia Correa, columnista | El Ibaguereño
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| 2018/04/16

Todo lo planteado en ese proceso, recoge de una u otra  forma las consecuencias no solo de más de cincuenta años de conflicto armado, sino también las expectativas de una sociedad campesina pobre e históricamente marginada en el contexto de  un país como Colombia con altos índices de desigualdad, con una alta concentración de la tierras en manos de unos pocos latifundistas, con acceso muy precario a los bienes y servicios del Estado como la salud y la educación y, como si esto no fuera suficiente preocupación, la aplicación de un modelo de desarrollo extractivista, donde los recursos  naturales se tranzan en el mercado, dejando suelos estériles y aguas contaminadas, sin opciones de productividad agrícola.

La situación  de los debates durante el proceso de paz, hizo visible lo invisible para muchos: la situación real de un país más allá de los noticieros de televisión (cooptados por maquinarias económicas), ya no se trata de hablar con eufemismos como “La otra Colombia “o “La Colombia profunda” para tapar nuestra ignorancia  y falta de interés por más de medio país. Ahora se trata de asumir cada uno de nosotros nuestra responsabilidad  para que este proceso no se trunque, no se desbarate por componendas electoreras.

Este proceso de paz, como todos en el mundo, se construye paso a paso, es de largo aliento, diría que es un trabajo permanente por lo menos de una generación de colombianos. Trabajo nada fácil  porque los avances son lentos, ha sido muy importante la entrega  de casi 9 mil armas en poder de la guerrilla, así como la creación del partido político de las FARC, eso indudablemente fortalece nuestro declarado constitucionalmente Estado social de derecho; esto no debe asustarnos, por el contrario reconocer positivamente que avanzamos en los principios más elementales de la democracia, como el derecho a la participación política.

También es importante señalar los avances en el proceso de desminado, hay 673 municipios reconocidos por tener minas antipersonales y sólo el 30% ya está desminado. La erradicación de cultivos  ilícitos, otro tema del Acuerdo, según el Ministerio de Defensa a comienzos de enero del presente año, ya se ha erradicado 52.000 hectáreas, cifra nada despreciable y se han logrado acuerdos de sustitución voluntaria con 120.000 familias. Se han adjudicado más de 30.000 baldíos a campesinos pobres, muchos de ellos víctimas del conflicto armado.

Ya se posesionaron los magistrados de la Justicia Especial para la Paz (JEP) y, de paso, se inician con menudo problema: el caso de alias Jesús Santrich, situación difícil para el acuerdo, pero es de alabar las declaraciones del gobierno y de las FARC, en el sentido que dejan esto en manos de la JEP y ratifican la voluntad de seguir adelante. Hay que ser conscientes que surgirán muchos más problemas  de este tipo y de otros, en ese sentido se deberán enfrentar con objetividad y sobre todo mucha calma. Nadie dijo que esto iba a ser fácil y rápido.

Más de medio siglo en que se ha instaurado en Colombia una cultura revanchista, estigmatizadora y violenta, no se modifica en un par de años. Una postura muy facilista, irresponsable y tal vez electorera, es decir que el acuerdo no funciona y que va a convertir a la impunidad en la reina del proceso; en otras palabras generar miedo, ese sentimiento paralizante que tanto se conoce en Colombia.

Para lograr esa anhelada paz estable y duradera se necesitarán varios gobiernos y presidentes, así como autoridades locales comprometidas y capaces de no perder el horizonte en lo fundamental para el país, más allá de un período de gobierno. Los acuerdos de paz son una decisión de Estado, la más importante  del último siglo.

Por algo, países  del mundo que han sobrevivido a cruentas guerras, entienden este proceso, saben que tenemos que abrirnos de mente, aprender a perdonar, a juzgar (sin ensañamientos) y saber-sentir-aprender que cualquier  proceso de paz por imperfecto que sea es mejor que una guerra.

Aún hay mucho camino por recorrer y obstáculos que vencer, pero es necesario superar años de violaciones a los derechos humanos, así como eliminar  los dogmatismos y los fundamentalismos. Esa la única manera de avanzar hacia una sociedad más incluyente, más pluralista, justa  y respetuosa de la vida en cualquiera de sus manifestaciones.

Es mejor el diálogo que la violencia y en una sociedad civilizada la mejor arma es la palabra.

P.D. Un deseo y una Invitación. Mi deseo es que el caso Santrich no sea usado por los candidatos para controversias electorales, porque ya es suficientemente curioso que esto se “destapara” justo en periodo de elecciones. Invitación para el 20 de Abril desde las 8 am en el Centro de Convenciones Hotel Casa Morales a un Balance del proceso de Paz con la presencia del Vicepresidente de Colombia y el Alcalde de Ibagué.

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