Pintura: Guerra de los Pijaos del maestro Julio Fajardo Rubio (Junio 10 de 1910 - Junio de 2010).
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| 2019/04/19

Ibagué durante la época de la conquista se llamó el Valle de las Lanzas, un territorio hostil para el soldado español que llegaba desde Asturias y Castilla, esto en el siglo XV.

Los pijaos fueron el conjunto de pueblos nativos con los que se encontraron los españoles cuando recorrieron estas tierras por primera vez. A principios del siglo XV el territorio del Valle de las Lanzas hasta donde se encuentra el río Magdalena fue habitado por tribus como los panches, colimas, muizes y pantágoras. A todo este conglomerado de pueblos se les llamó ‘Pijaos’.

El primero en llegar a estas tierras fue el capitán Baltazar Maldonado, conquistador castellano, hijo de Francisco Maldonado, noble y capitán salmantino de la Guerra de las Comunidades de Castilla, señor de la pronvicia de Zamora y quien recibía tributo en dinero, especies y trabajo por parte de sus súbditos.

El capitán Maldonado arribó al Valle de las Lanzas un día de 1540, casi una década antes de que se fundara la pequeña villa, a este territorio llegó con 270 castellanos, menos de 200 caballos, perros e indios cargueros traídos desde Ecuador.

Maldonado inició su expedición desde Bogotá siguiendo los rastros de las leyendas del Valle de Arví, un lugar similiar a El Dorado en el que se encontrarían piedras preciosas y cantidades infinitas de oro.

Aunque no hay certeza de su localización, su búsqueda culminó con la instauración del sistema colonial y la posterior creación de la Gobernación de Antioquia, además los historiadores dicen que fue el inicio de largos recorridos entre estas dos regiones.

Redactor Prensa | El Ibaguereño
Memorias para la historia de la Nueva Granada, José Antonio de Plaza, 1810

Lo primero que encontró el capitán Maldonado en búsqueda del mistorioso valle, fue un grupo de hombres desnudos, pintados de rojo y negro, con la cabeza achatada por tablillas laterales, quienes comenzaron a seguir a la patrulla española. Los españoles se encontraron de frente con un calor sofocante y también con la poca protección que les brindaban las almohadillas de algodón con las que intentaban protegerse de los dardos emponzoñados de muerte lenta que lanzaban los Pantágoras. Eran solo los perros quienes lograban ahuyentar las sombras que aparecían y desaparecían en los follajes cercanos al gran río, que seguramente era el río Combeima.

Fernández de Piedrahita en la visita de Baltasar Maldonado se expresa así:“Maldonado… halló que entre los Pantágoros y dicha sierra (nevada) se formaba una provincia, que sin extenderse mucho ni estrecharse poco, se hacía respetar de todas las naciones vecinas” (Fernández de Piedrahita, (/1688/ 1973; 501). Estos Pantágoros, son en realidad, los Amaníes, a quienes el mismo Maldonado llamó después los Palenques.

Narraciones de la primera batalla:

Los indios se parapetaron en sus bohíos y la alharaca y los gritos fueron en aumento. Así estuvieron como media hora. Los unos sin animarse a forzar los ranchos y los otros sin ánimo de repelerlos. De pronto una flecha atravesó la cabeza de un español. Los españoles reaccionaron e incendiaron los ranchos indígenas para obligarlos a salir. Los nativos no salieron. Prefirieron morir achicharrados o ahorcados en las lumbreras de los bohíos; fue un espectáculo aterrador; se oían los llantos de los niños entre el crepitar de las llamas, los ayes lastimeros de las madres con sus bebés de brazos, los gritos de agonía de todo un pueblo que perecía en las llamas.

Texto: El exterminio de los indígenas Pantágoras.

Luego en el año 1556, y luego de varias rebeliones indígenas contra el gobierno español que ya se había afianzado en donde hoy es Ibagué, la conquista fijó un nuevo objetivo militar, y era el cacique Titamo, quien dirigía las campañas contra el cacerío colono.

De esta época, Fray Pedro Aguada escribió “estas rebeliones fueron causa de que ocho mil indios que habia en estas provincias de Ibagué, quédanse tan pocos que aunque después se han hallado minas de oro y plata en la tierra no han tenido los vecinos de Ibagué gente con que labrarlas”.

La desgracia a los pueblos indígenas de Ibagué les llegó en poderosas vetas de oro, oro tan abundante y enterrado que de cada caserío indígena eran sacados de dos en dos y por familias, las manos que extraerían el metal para luego ser llevado en barcos hasta la península ibérica. Esto hicieron los españoles al no encontrar El Dorado, o el Valle de Arví.

La primera queja ibaguereña

Fue entonces hasta el año 1602 que la Audiencia Real de Santafé provocada por las quejas de los habitantes de Ibagué emitió un acto en el que “Se declara desde luego los dichos salteadores por esclavos por tiempo de 10 aoñs continuos y que, como tales, sean tratados durante el dicho…”.

Un año después de emitido este auto real, alrededor de mil pijaos asaltaron un repartimiento de indios que habían nombrado La Mesa, ubicado a las afueras de lo que hoy se conoce como zona urbana de Ibagué.

Para el 19 de julio de 1606 los pijaos ya habían vuelto a sitiar lo que ahora se llamaba Villa de Ibagué, esta vez los líderes del ataque fueron los caciques Calarcá y Belara, quienes quemaron 60 casas pajizas, las iglesias Santa Lucía y El Humilladero, capturaron a varias mujeres en este lugar, robaron alimento y se llevaron también las campanas de las capillas asaltadas.

Redactor Prensa | El Ibaguereño Modelo de casa pajiza, 1910. Cartagena.

Estas son historias que se quedaron en el papel para recordarnos a miles y miles de indígenas que antes de nosotros habitaban esta región. Habrán también historias olvidadas, no escritas en crónicas, en las que se narren cómo durante más 100 años desapareció en las minas de oro del Cañón del Combeima y Mariquita un grupo de nativos que nunca cedió a la conquista española. Indígenas que, por ejemplo, cada vez que se moría uno de los suyos, duraban entre ocho y diez noches gritándole al alma del muerto para que no volviera, para ahuyentarlo y se liberará eternamente del trabajo duro de las minas.

De aguerridos tenían fama. El carácter que los identificaba de otras tribus era su ferocidad, incluso entre ellos mismos. Maldonado llegó a narrar cómo se encontró con dos grandes grupos de nativos que no se la llevaban entre sí y que, contestaban a las peticiones españolas siempre con negativas en un dialecto que se identificaba en todos los caceríos.

Patami, patamera, patanta, era como decir “no hay, no sé, no quiero”.

De este lenguaje los españoles resaltaban exactamente la negativa a las demandas y su rechazo a la conquista, pero que al fin y al cabo fue una resistencia no deseada por los españoles y que al final terminó heredándoles el nombre: pantágoras.

“Era gente belicosa y guerrera”

El Fray Pedro de Aguado fue franciscano español provincial del convento de Santa Fe, poco se conoce de su llegada a América, pero se sabe que nació en zona rural de la provincia de Madrid en el año 1513.

El fray Aguado fue testigo de innumerables hechos de la conquista y se dedicó a estudiar la forma en la que se relacionaban las tribus que iba encontrando por su camino, entre ellos las que habitaban la denominada Tierra Caliente, que es todo el valle desde el río Magdalena hasta el sector La Pola, el Valle de las Lanzas o Villa de Ibagué. Vale la pena mencionar que para la época en el que el fray recorrió estas tierras Ibagué aún no había sido fundada.

Las crónicas del fray permiten una imagen de la organización social y política de las tribus arrasadas por el capitán Baltazar Maldonado.

Apartes de las crónicas:

“La causa de tener estos indios entre sí tantas discordias y guerras civiles era la falta de justicia y de no tener señores que los conservasen en ella, y así si unos a otros se hurtaban algo se lo habían de pagar con otro hurto mayor,  si se mataban, en muertes, y si se hacían injurias, tal por tal, y así donde quiera que se topasen, como he dicho procuraban vengarse y las más veces pagaban justos por pecadores…”


(Aguado, /1582/ 2007: 259).

“De tan obstinados ánimos en el guerrear que al principio se creyó de ellos que jamás se domellarían y abajarían a recibir sobre sí el yugo de la servidumbre ni que dejarían de poner en gran riesgo y aprieto a los que en su tierra entrasen, por ser toda muy poblada y áspera y acompañada de muy espesas y altas montañas, de suerte que les acontecía estar junto a la poblazón de los indios y no verlos ni entenderlos”


(Aguado, /1582/ 2007: 220) .

“Su principal mantenimiento es el maíz más no hacen de él pan, sino es cuando la mazorca esta granada hacen un género de panotas, que en algunas partes llaman hayazas, comida de cierto desgusto y malsana. Demás del maíz usan de yuca, auyamas y otras legumbres de poca sustancia… su vino o chicha… hecha de yuca y de maíz… No tenían ningún género de caza que comer sino eran ratones… con cuero y tripas lo ponen al fuego…


(Aguado, /1582/ 2007: 258).

“Los principales regocijos que entre estos bárbaros hay es juntarse las parentelas a bailar y cantar en cierto lugar o casa diputado para este efecto. A quien los españoles llaman casas de borrachera, y al regocijo llaman borrachera… para tratar negocios de guerra como para celebrar casamientos y otras cosas señaladas que hacen”


(Aguado, /1582/ 2007: 259).

“Las mujeres son muy libres y aún desordenadas, como he dicho, en sus actos impúdicos, los cuales aunque sepan los maridos no les han de castigar por ellos, porque luego se van en casa de sus hermanos si les hacen algún sinsabor o disgusto, y así les son los maridos muy sujetos y obedientes contra toda razón, y así son ellas tan inhumanas que en la hora que el marido cae enfermo, mayormente si la enfermedad tiene insignias de ser larga, toma esta tal mujer a todos sus hijos consigo y vase en casa de su hermano, y la hermana del enfermo, que está casada con el hermano de su mujer, se vuelve a casa de su hermano…” 


(Aguado, /1582/ 2007: 262).

“Y porque dije que les hacían señas con silbos, es cierto y averiguado que con cierta manera de silbar con el hueco que de entrambas manos juntas hacen, hablan todo el lenguaje, de tal suerte que se entienden y oyen de mucha distancia de caminos apartados, con más facilidad que con la voz natural”


(Aguado, /1582/ 2007: 262).

Aunque Maldonado “reconociese la fuerza de los Palenques, la poca sustancia de la provincia y el valor de sus naturales, llevado de aquella costumbre de salir siempre victorioso, trabó guerra con ellos, pretendiendo allanarlos por las armas,.. llegó a trance que embestido (a tiempo que asaltaba uno de aquellos pueblos) de una fiera tempestad de lanzas, que de otros salieron para el intento, le mataron veintidós hombres en la guazabara…casi derrotados… dieron vuelta a Santafé…” (Fernández de Piedrahita, /1688/ 1973; 501).

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