María del Rosario Laverde trabaja como correctora de la revista Semana. Crédito: Esteban Vega | El Ibaguereño
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| 2018/02/27

Hace años trabajé en el Centro de Emergencia Psicosocial, institución que dependía de la Secretaría de Salud de la Alcaldía de la Bogotá Humana. En este lugar se atendía a una población itinerante de jóvenes que venían con una serie de problemas de consumo de estupefacientes, delitos menores y violencia intrafamiliar. Pasar el tiempo con estos jóvenes fue tan gratificante como la mejor de las misiones. En fechas como el 24 y el 31 de diciembre cuando los demás miembros del equipo de cuidado de los jóvenes se negaban a hacer un turno yo me ofrecía sin pensarlo porque era feliz estando con los niños. Cuando tuve derecho a tomar mis primeras vacaciones viajaría por dos semanas y tres días, como legalmente solo podía usar dos semanas le pedí a la nueva directora del Centro, la doctora Tulia Ramírez, que me diera los tres días que me hacían falta, que ya tenía programados. Le conté y se lo confirmó la directora saliente que yo me había regalado varios días solo por el placer de darles un poco más de tiempo a los niños. Ella aceptó y yo me fui a Nueva York.

A punto de terminar mi periodo de vacaciones recibí un e-mail donde se me informaba que mi contrato había sido cancelado, incluso antes de terminar mi descanso porque yo abusivamente me tomaría tres días de más. Era mi palabra contra la de ella que jamás aceptó que me había dado permiso. Llegué de mi viaje despedida e intenté hablar con varios funcionarios por encima de ella, nadie me escuchó. Mi liquidación me salió por cero pesos porque había pedido un crédito en la cooperativa de empleados y al despedirme me descontaron todo de una vez.
Busqué ayuda entre familiares y amigos, varios de ellos petristas. No estaban disponibles.

Durante varios días me alimenté a punta de bananos, la ayuda llegó, se tardó bastante pero llegó. No hice nada legal contra un despido injusto porque me ganó la pena moral de terminar una relación amorosa y la frustración de perder un trabajo que me hacía feliz.

Nadie me ha preguntado si soy petrista, simplemente me meten su publicidad política a la brava porque si no soy uribista debo ser petrista. Quizás Gustavo Petro sea una maravilla de ser humano, quizás nunca se enteró de las irregularidades del Centro de Emergencia pero la impresión que me dejó la poca humanidad de tanta gente de izquierda y el hambre que pasé no se me olvidan.

Solo puedo sentir una gran incertidumbre por lo que sea que se viene para Colombia, yo de política no tengo ni idea.

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