María del Rosario Laverde trabaja como correctora de la revista Semana. Crédito: Esteban Vega | El Ibaguereño
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| 2018/02/06

Tuve la mejor localidad. La ventana de mi cuarto daba al parque, más exactamente a la cancha de basquet o microfútbol. Durante años un montón de gente se reunió frente a mi cuarto para celebrar la amistad. Gritos de gol o pedidos de una jarra con agua eran el sonido que me despertaba los fines de semana o a diario si eran vacaciones. Incluso si algún plan nocturno surgía, también la ventana era cómplice con pequeños golpes que me anunciaban que alguien me esperaba del otro lado. Fueron años de una rutina que nunca cansaba. Me enamoré mil veces desde mi ventana y otras mil me desencanté, pero la fascinación por el gentío con el que crecí nunca desapareció.

Esa misma ventana que me conectaba con el mundo que giraba alrededor de mi barrio explotó sobre mí con un balonazo que no me causó más que un gran susto, y explotó también con la bomba del DAS, pero en esa ocasión aunque tampoco tuve heridas, creí que un avión caía sobre la cancha porque el sonido de la onda explosiva fue indescifrable por varios minutos y eso fue lo primero que se nos ocurrió a todos los que lo oímos.

No creí que esa vida ideal de fin de semana terminaría alguna vez, nunca me lo pregunté y tampoco lo esperé. Pero terminó. He notado que cuando visito mi casa paterna y la encuentro destrozada por el paso del tiempo y la ancianidad de mi madre lo que más me remueve es mirar por la ventana de la que fue mi habitación y encontrarme con la cancha vacía aunque los gritos de gol sigan sonando en mi cabeza. Crecer abre otras ventanas, es cierto, pero cuánto extraño esa primera.

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