Andrés Mora | El Ibaguereño
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Valentina Rojas y Juan Esteban Leguízamo – Texto publicado originalmente en El Anzuelo Medios.

  • Y cuéntenos, Poco ¿usted abrazó el éxito mediante alguna formación académica, o empíricamente? – pregunté inocente.
  • Soy completamente empírico… autodidacta – enfatiza con poca cadencia de palabra y en tono correctivo -, uno tiene más de autodidacta por el rigor que implica este oficio, en esta realidad.
Andrés Mora | El Ibaguereño

Aquellas palabras que pronunciaba Juan Lozano como un gurú que lo había vivido todo y profesaba en nombre de ello, nunca perdieron vigencia. La Ibagué de los 90’s era poco compasiva con sus músicos vanguardistas. Escaseaban las guitarras eléctricas, los canales especializados en música emergente que contribuyeran a su visibilización, brillaban por su ausencia, y la única emisión radial que provenía de Bogotá, era precaria. El panorama no podía ser menos desalentador para cualquier destello de fuego rockero que se vería ahogado por el incesante rocío de la música tradicionalista. En esa intolerancia a la reinvención, llegó Efraín, como un presagio para la transformación.

El día en que María Eunice y José Rodríguez se vieron forzados a desplazarse por causas bipartidistas a la ciudad de Ibagué, se radicaron en el barrio La Francia junto a sus 8 hijos. Semejante racimo humano, ocupaba una vasta casa del sector en la que dentro de unos años, uno de sus cuartos, se vería completamente tapizado por afiches siniestros. Uno de esos hijos, Ana Rodríguez, dio a luz en el año 75 a Darío Lozano y en el 76 a Juan Lozano, alias Pocopín. Él, experimentó la infancia convencional de cualquier niño en la candidez que era propia de esta época. Su abuelo fue tiplero, su padre bandolista y la expectativa familiar le puso los ojos encima cuando su hermano Darío, empezó a mostrar una vocación natural para las matemáticas. Sólo era necesario un detonante. Una premonición que anunciara su incursión en el mundo de la música.

Los tocadiscos de la casa de Juan, sólo entonaban canciones de los Beatles, Abba, Chicago y similares, dulces melodías que eran impuestas por sus múltiples tíos y su amor a las baladas. La idiosincrasia musical de esta familia permaneció intacta, hasta un día de vacaciones de verano en la que Efraín Torres había llegado para pasar su temporada usual de descanso en la casa de sus abuelos en La Francia. Invitó al pequeño Juan a su cuarto y éste quedó estupefacto al escuchar el ruido estridente que provenía de ese disco sacrílego que había sacado de su colección de vinilos. Se trataba del álbum debut de los Guns N’ Roses: Apetite For Destruction. Ningún riff o coro, sonaba al pop al que su oído se había acostumbrado escuchar. Aquella tarde escucharon el álbum por completo. El ciclo había iniciado. Y no sería hasta mucho tiempo después, que realizaría su primera hazaña musical.

El Colegio Tolimense siempre mantuvo su compromiso de la instrucción musical prematura. Para los primeros años de primaria, Juan ya recibía clases elementales de música folclórica. Y anexo a esto, practicó waterpolo, karate y volleyball. “Mi madre siempre nos metía en cuanto curso había” se justificó mientras esbozaba una sonrisa.

Ana Rodríguez era una mujer que permitía a sus hijos explorar, no perdía oportunidad para demostrarles lo fructífero del tiempo bien invertido. Consciente del mundo en el que vivían, prestaba especial atención en la forma en cómo sus hijos interactuaban con el medio. Los libros, fueron la herramienta principal para que ellos entraran en contexto con su realidad, para que abrieran su mente, para que forjaran un carácter. Tan solo llevaba cuatro años de matrimonio con quien sería su compañero de vida cuando éste falleció. Desde ahí, se vio obligada a enfrentarse a la realidad de muchas mujeres colombianas, ser madre y padre a la vez.

A sus 12 años, la madre de Juan le costeó clases personalizadas con un ilustre profesor de guitarra. “Mi hermano siempre ocupaba los tres primeros puestos en el colegio y yo siempre trataba de no ocupar los tres últimos” admite mientras ríe. Sus dos fuertes académicos se reducían a la música y el inglés.

Mucho tiempo después, cuando cursaba grado décimo, llevaron la primera guitarra eléctrica al colegio directamente traída de Londres. El instrumento era intocable, pareciese que estuviera maldito. Durante un día ordinario de clase, Pocopín retiró la guitarra del pedestal sobre el cual reposaba y la llevó de manera furtiva a la emisora radial del colegio, de la cual hacía parte. Tantas horas invertidas, en años pasados, aspirando a interpretar aunque fuese el riff más sencillo de los Guns N’ Roses, tuvieron su retribución. Los altavoces de la instalación emitieron una megafonía dulce que cautivó el oído de todos aquellos espectadores que, pasmados, asistían involuntariamente a las melodías de Knockin’ On Heaven’s Door y Don’t Cry. Fue un hecho inédito. Casi subversivo, dado el linaje musical del entorno. “Mi compañero que estaba de locutor dijo, bueno, esta fue una
intervención corta de nuestro compañero, Juan Lozano. Cuando salí de la cabina todo el mundo me decía, wow, qué chévere, usted como toca”, describe Juan, entusiasta, con la emoción intacta de aquella grata proeza.

Don’t Cry
 Knockin’ On Heaven’s Door 

Dos años más tarde, cuando se encontraba en el limbo de qué estudiar, tuvo la “fortuna” de sacar la balota amarilla que lo obligaba a prestar servicio militar en la policía. En ese periodo de tiempo, estuvo ausente su preciado instrumento, pero siempre presentes los consejos de su madre. Ana Rodríguez le dejó algunas enseñanzas entre las cuales estaba emprender lo que le apasionara. Juan, ansiaba un oficio en un terreno que no daba garantías. Una jungla que devoraría a cualquiera que osara a adentrarse en ella: la música. Tal como pasó con el Axl -vocalista de los Guns- que tanto escuchó durante su infancia:

You know where you are?
You´re in the jungle baby
You’re gonna die!

¿Sabes dónde estás?
Estás en la jungla nena
¡Morirás!

  • ¿Y ese amor por las Les Paul cuándo nació?
  • Justo cuando conocí a los Guns. –y apenas termina de pronunciar estas palabras, me imagino la escena de la revelación, con sus ojos saltones y la respiración fría- Mi maestro, mentor e ídolo siempre ha sido Slash. Desde que vi a ese man tocando yo pensé: esto es lo que yo quiero hacer y esta es la guitarra que quiero tener. Una vez hubo en la Casa Musical del Tolima, una réplica de una Les Paul roja. Yo salía del colegio y me bajaba a pie sólo para contemplarla. Y la preguntaba y la preguntaba. Ya después de un tiempo al tipo le daba risa porque nunca la iba a comprar… siempre me pareció bella, elegante y clásica. Después cogía bus y me iba para la casa.
Andrés Mora | El Ibaguereño

Terminado el servicio militar y tras reanudar las prácticas con la guitarra, transcurría el año 93 cuando a Juan le llegó su primera propuesta musical. Un amigo de colegio, le preguntó si quería entrar como bajista a su banda, Drakma, y él sin vacilar, accedió. Así pasó el tiempo… y él seguía tocando el bajo. Su primera presentación aconteció en el bar Factoría del Centro Comercial La Quinta. Invitaron amigos, allegados, terceros y cuanta persona se les atravesara. La noche del concierto, el establecimiento estaba hacinado. Un estimado de 150 personas esperaban covers de Soda Stereo, Los Prisioneros y La Unión, propios del espíritu de Drakma. El concierto constó de ocho canciones y fue un éxito total. Fueron despedidos con ovaciones e inmediatamente recibidos por un medio para una entrevista. Como este, fueron los primeros ejercicios de bandas de rock que tuvieron lugar en la Ibagué musical.

Esa misma noche, los miembros del grupo tuvieron una charla seria, determinante. Poco, se sentía inconforme con su instrumento, él quería tocar su guitarra, su consentida; la iba a guerrear. “Yo toco mejor guitarra que cualquiera de ustedes dos, yo no sé tocar el bajo ni me apasiona. O conseguimos un bajista o buena suerte con su banda muchachos”. Desde ese día, con franqueza, fue él, el guitarrista líder de la banda. El ex guitarrista líder pasó a ser el guitarrista rítmico y el ex guitarrista rítmico, terminó “bajeado”. ¿Y cómo fue el aprendizaje de las canciones con los nuevos roles adquiridos? En ese tiempo, el hacer covers de bandas internacionales era un ejercicio muy intuitivo, todo se sacaba a oído, así que el intercambio no supuso muchos contratiempos. Con el tiempo, imitaron a Guns N’ Roses, Green Day, Nirvana, Metallica. Y poco después empezaron a componer su propia música punk.

Con el surgimiento de bandas como Drakma en la ciudad, nacieron los primeros eventos de rock al aire libre en Ibagué, que fueron concebidos por el creciente número de victorias musicales del género emergente. Expotolima, era una feria de exposición inmobiliaria, textil, automotriz y en general, todera, que tenía un concurso sobre cualquier tipo de música que pudiera gestarse. Durante una semana de duración, este espacio era la meca de los géneros musicales ibaguereños. Dos veces ganó Drakma, otras veces Jardín Zen, que era otra agrupación reciente, y así sucesivamente. Diversas bandas ganaban pero el rock permanecía invicto. En esta victoria constante, el concurso terminó por ser un concurso de cualquier tipo de rock que pudiera gestarse.

Con la experiencia adquirida, y nada más, porque los premios siempre fueron bonos canjeables por cualquier elemento menos dinero, aplicaron para un concierto exclusivo que tendría lugar en el Patio de Banderas. En él, la atracción principal serían los mismísimos Aterciopelados que tocarían después de ellos, en la noche. Jardín Zen dio apertura a la presentación y prosiguió Drakma.

Montaron todo su backline, es decir, el circuito técnico que permite amplificar el sonido, tocaron con sus instrumentos y fueron trasladados a las afueras del evento. Allí, les dijeron que debían retirar toda la parafernalia que habían traído, con el agravante de que no podrían irse todos porque no podrían volver a ingresar. Alguien debía de quedarse. Juan, inocente y afortunado, se ofreció para llevar los instrumentos junto a otro integrante de la banda. Quedaron a su suerte sobre una avenida nocturna, desierta y de luna llena, con millones de pesos en instrumentos, cuando una horda de gamines empezó a caminar frente a ellos, por lapsos intermitentes. Cuando el asedio no podía ser peor, iba pasando la van de Aterciopelados. Y no necesitaron de señas para atraer su atención. Se detuvieron y les comentaron lo sucedido. Y el tipo, después de un: “no, pero cómo les van a hacer esa vaina, muchos hijueputas”, les propuso llevar los instrumentos y traerlos de devuelta al concierto. Y así fue. De regreso, al entrar en la van, los fans golpeaban las ventanas y ellos dos, saludaban a la gente entre risas disfrutando sus diez segundos de estrellato. Ahora, no los asediaba la mirada codiciosa de los gamincitos -como los describió jocoso, Poco-, sino la histeria colectiva de sus fanáticos ajenos.

Episodios de este tipo, siguieron invadiendo la trayectoria de Drakma. Transcurridos algunos años, grabaron un par de demos, pero nunca una discografía porque era casi imposible hacerlo. No fue hasta el año 96, que la banda difirió en intereses y terminó por disolverse…

  • ¿Y de dónde proviene su apodo de “Pocopín”?
  • Cuando estaba pequeño, mi cabello era muy lacio y al entrar a grado sexto me quedó como el de un puercoespín. El apodo Pocopín me lo pusieron desde esa época. Con el tiempo, lo fueron abreviando hasta que todos me conocieron como Poco.

Dementes y Asociados, banda cuyo nombre se inventó en dos minutos, sería lo que por un tiempo se conoció como Expreso Buenas Peras, una banda de rock fusión, que empezó tocando en un bar de la calle 15 entre séptima y octava. Los covers, habían quedado obsoletos, aquí se hacía música propia. Pegaron con canciones como Esta Noche y Santo Simio, haciendo protesta a la idolatría política y supuesta inocencia de Santofimio, el primer político condenado a 24 años de prisión por su responsabilidad en la muerte del candidato presidencial Luis Carlos Galán. Con Drakma, se había invertido mucho dinero y se había cosechado poco. Así que para rehuir este destino ya vivido, Juan emprendió su primer trabajo discográfico con Expreso Buenas Peras gracias a un dinero reunido por todos los integrantes para grabar Severo Poder, su primer álbum, que los catapultó al reconocimiento local y a la primera versión de Ibagué Ciudad Rock.

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Para el año 2005, Poco, junto a su mejor amigo de colegio, Juan Manuel Vargas, emprenden un nuevo proyecto: Límite, un programa de televisión de formato magazine, que se transmitiría todos los domingos en el canal local. El propósito de esta emisión era hablar de temas noticiosos del ámbito musical, en especial del rock local y nacional, cubrir sus eventos y demás cuestiones. Para la producción, tuvieron el apoyo de amigos y terceros que eran conocedores del tema. Así, el programa se mantuvo en pie por algún tiempo hasta que se vio estancado, dos años después, cuando la imposibilidad de conseguir pautas publicitarias, les impidió sostener su equipo de trabajo que eventualmente se fue reduciendo a dos personas: Juan Lozano y Juan Vargas, sus miembros fundadores. El proyecto se acabó cuando Poco dijo, “en la ciudad, la gente no cree en las nuevas propuestas televisivas locales, y más si se trata de rock”. Todo este proceso, sin embargo, lo aproximaría mucho más a lo que hoy en día le apasiona: la post- producción audiovisual y las herramientas que ella implica.

Después de una larga interrupción en la producción musical, Marlon Barbosa, otro de sus amigos, llegó radiante a proponerle el proyecto Locomboó. Una banda de ska, algo distinta a lo que a Juan quería, pero nunca desaprovechó la oportunidad de meter un poco de su hard rock. Grabó, masterizó y mezcló todo su primer álbum porque aún para ese momento, lograr tener un recurso audiovisual a disposición, era complicado. Todo se basaba en la exploración y la autosuficiencia.

A la par de esta agrupación, en 2008 se une a Delavil, un grupo de rock con el que logran quedar como teloneros del célebre guitarrista Joe Satriani. Que como pocos, por no decir ningún artista, se tomó el tiempo de observar a sus teloneros en tarima, así como conocerlo en persona y obtener su aprobación. Él, lo recuerda como una experiencia alucinante, el que un ídolo musical lo observase en tarima. Algo casi surreal. A raíz de este logro, tuvo la oportunidad de viajar a Buenos Aires, Argentina para participar con Delavil en un programa televisivo que reunía los mejores exponentes del rock latinoamericano emergente. De regreso, llegan a Colombia con la sorpresa de que habían sido seleccionados para tocar en el aniversario número 15 de Rock al Parque, el de verdad. Luego de una efusiva presentación, por algunos problemas internos con un integrante de la banda, Poco, decide tomar un rumbo distinto al de Delavil en 2009. Así como también de Locomboó. Al cabo de un año, Víctor Rondón, el en ese entonces vocalista de Delavil, se contacta con Juan para charlar de la vida y los itinerarios diferentes que habían tomado. A partir de esa conversación, Juan se convertiría en el guitarrista líder de su banda actual: Larvante.

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Empezaron con el planteamiento que siempre tuvo Poco, estudiando los temas, pre- produciendo las canciones y grabando un sencillo para poder tener material que mostrar. Clasificaron para debutar en Rock al Parque 2011. Sin embargo, para ese tiempo, Víctor aún hacía parte de Delavil, agrupación que desgraciadamente también había clasificado. Causando que en ambos performance se presentara como vocalista principal, algo poco honroso en el reconocido festival. Víctor, finalmente decidió debutar como vocalista de Larvante, y dejando a los de Delavil a merced de las circunstancias. No obstante, no todo fue alegría y dicha para Juan durante esos momentos. Ana Rodríguez, su madre, había fallecido unos días antes de su ansiada presentación. Tal suceso hizo que sus colegas de Larvante se dieran a la pena y pensaran en cancelar el toque, debido a su manifiesto abatimiento. Juan se negó rotundamente. “Mi mamá fue la alcahueta de todo este proceso. Ella me pintaba el cabello, me hacía trenzas, me hizo los aretes y diseñaba mi vestuario, una y otra vez, finalmente ella quería verme allí”. Ella, fue quien le heredó las enseñanzas que hoy tiene por virtudes. La presentación, sucedió como un tributo a Ana, por su apoyo y contribución.

  • En este oficio de la música uno debe de volverse ingeniero de sonido, videógrafo, fotógrafo, productor y gestor porque no hay plata. O se compra una guitarra bien armada con pedales, o le paga a un productor audiovisual que haga el trabajo por usted.

No hay otro modo de sobrevivir, ni otro requisito para hacer historia.

Atrás desaparecen

Se pierden en lo oscuro de olvidar
Buscando recordar una y mil veces
Encuentro que el tiempo al pasar
No sé si fue real


Recordar – Larvante

Andrés Mora es autor en EL IBAGUEREÑO en temas relacionados con el deporte y CrossFit, es uno de los atletas más activos en la ciudad y uno de los gestores del box Radikal Fitness.